La empatía como valor fundamental con nuestros hijos e hijas

La empatía como valor fundamental con nuestros hijos e hijas

La empatía como valor fundamental en la crianza es una cuestión que no debe perderse de vista. También validar sus emociones, otra forma segura de que se sientan acompañados, comprendidas. Empatizar y validar sus emociones van unidos de la mano.

¡Qué importante este punto! ¡Qué importante sentirnos comprendidos! Sentir que no estamos solas. Es muy fácil que nuestros hijos e hijas se sientan vulnerables y solos en un momento dado. Y no hablo de la compañía física, sino de sentirse incomprendidos/as o que nadie les explique qué es lo que está ocurriendo realmente.

Y estas, empatizar y validar sus emociones, serían el punto cuatro de mi Decálogo para una crianza respetuosa. cuyo primer punto, el más importante es amar incondicionalmente.

empatizar con sus emociones
Foto: Jackie Ramírez, en Pixabay.

Dejar a un lado las luchas: «¡Vámonos ahora mismo del parque!». No tratar de reprimir sus emociones: «Venga, no te enfades, no llores, déjalo ya». Tratar de ver y comprender sus necesidades, no solo las tuyas: «Vámonos ya que tengo cosas que hacer». En lugar de todo esto: empatiza, comprende, valida, nombra, negocia. Es decir: «Estás enfadado, ¿verdad? Es que es un fastidio irse ahora del parque que te lo estás pasando tan bien. Lo siento mucho. Tenemos que hacer cosas en casa y ya es hora de recogerse si no queremos acostarnos a las mil. Venga, cinco minutos más y nos vamos». La empatía es un valor esencial, no debiera ser un bien de lujo.

La empatía como valor y como necesidad vital

Al empatizar y validar, no se sienten tan solos/as, y se sienten comprendidos. Nombrar y validar sus sentimientos es, por una parte, aceptarlos incondicionalmente, y, por otra parte, un gran trabajo para que vayan aprendiendo a comprenderse, a estar en contacto con ellos mismos, ellas mismas, y que les sea más fácil gestionar sus emociones. Por otra parte, al negociar, tienes en cuenta sus necesidades y buscas una solución que complazca a todos y no solo a ti misma.

Se trata de tener en cuenta a la otra persona, en este caso tu hija o tu hijo. De verla en vez de dejar que se nos haga invisible. De reconocerla y reconocer lo que siente, lo que necesita, y de no ponerla ni por encima ni por debajo, sino como una igual. Siempre se ha de tratar de buscar el bienestar de todos. No se trata de ponerte tú y tus necesidades en último lugar, ni tampoco en el primero. Se trata de escuchar a todos/as, de buscar la satisfacción del grupo.

empatía madre hijo
Foto: Rebecca Schönbrodt-Rühl, en Pixabay.

Proceso de empatizar y validar sus emociones

Puedes observar el proceso de empatizar y validar sus emociones en esta entrevista de Aprendemos juntos, realizada al psicólogo Rafa Guerrero:

También Criar con sentido común explica muy bien lo que es validar las emociones y nos habla de ese maravillosos libro, que para mí también supuso una revelación que es el de Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos, de Naomi Aldort, donde te explica en profundidad lo que es empatizar y validar.

Un cuento en que se ve la empatía como valor

En el salón familiar, padre y madre discutían. Valeria nunca había escuchado los gritos que por primera vez se desataron en la casa. Era una discusión normal, algo subida de tono, pero Valeria era pequeña y se asustó mucho. Estaba asustada, pero sus padres, enfrascados en la pelea, no repararon en ella.

Su piel era de aire, una serie de volutas transparentes que respiraban como un animal herido, contraído y crispado, pero sin ninguna voz. Sus ojos cristalinos se deshacían en lágrimas, que se confundían con esa piel de vacío y no dejaban ningún rastro, porque estaban hechas de aire también. Su cuerpo se fundía con lo que no existía, mientras sus padres gritaban y gesticulaban sus rostros deformes.

niña sola y asustada
Foto: Hans Kretzmann, en Pixabay.

Estaba acurrucada en un rincón, con la cabeza entre las rodillas, abrazándose las piernas y cerrando los ojos para huir del horror. Aullidos de silencio salían de su boca. Alrededor, el desierto, la soledad absoluta. Hasta que Carlos, su hermano mayor, se acercó:

—Canija, estás asustada, papá y mamá están gritando y tú estás aterrada. No es para menos. Parecen dos energúmenos. Además, no entiendes qué les ocurre. Yo tampoco, aunque sé que a veces los mayores discuten y luego se les pasa. Aun con todo duele, ¿verdad? Ver a mamá y papá haciéndose daño. Te gustaría que esto no estuviese ocurriendo, ¿verdad? Te comprendo. A mí tampoco me gusta. Ven que te abrace.

Y se fundieron en un gran abrazo: Carlos, rozando la juventud, y Valeria, tan pequeña. Valeria, que pudo respirar con calma entre los brazos de su hermano, que aflojo su cuerpo y dejó sentir la tibieza del consuelo, que recobró la carne y el color, que comenzó a existir de nuevo… Valeria, que ya no estaba sola… Pudo llorar en voz alta hasta que la escucharon. Entonces se hizo el silencio.

Foto de portada: Susanne Jutzeler, suju-foto, en Pixabay

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MHDK

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