Darlo todo hasta quedarse vacía

Darlo todo hasta quedarse vacía

Darlo todo hasta quedarse vacía, hasta secarse, hasta terminar siendo hojarasca quebradiza y seca que, con una última chispa, arde y se consume por entero para convertirse en cenizas…

Queremos darlo todo: a nuestros hijos/as, a nuestro compañero, en nuestro trabajo; ser buenas madres, buenas compañeras, buenas hijas, buenas empleadas, amigas, vecinas, en fin, ser buenas personas; pero a veces lo tenemos que hacer solas, ocuparnos de todo con escaso apoyo; y otras veces tenemos apoyo, pero somos nosotras mismas quienes nos exigimos poder con todo y ser perfectas en todo. Esto nos agota, agota nuestras fuerzas, nuestra energía y nuestro espíritu.

Y cuando esto sucede hay que tomar acción: lo primero, rebajar las expectativas, aflojar nuestra autoexigencia, no podemos darlo todo; y, después, expresar nuestras necesidades, pedir ayuda, hacer caer en la cuenta, porque quizá esto es lo que sucedía, que nuestra familia no había empatizado con nosotras. Y luego… Te voy a contar un cuento…

Darlo todo. Regreso al hogar: En busca de la fuente

Cuatro eran los seres elementales que poblaban la Tierra: las sílfides, espíritus alados dueños del aire; los gnomos, seres que ocupaban las profundidades de la tierra; las salamandras, espíritus del fuego, y las ondinas, seres que moraban en las aguas dulces…

En lo más profundo del bosque, una ondina llamada Maitia habitaba en las profundidades de una hermosa laguna. Su piel era verde, tan verde como las aguas del pantano, y reflejaba los rayos del sol igual que el agua cuando espejea jugando con los dedos del astro; estaba cubierta de escamas, que brillaban como piedras preciosas, y su pelo era largo, larguísimo, matas de algas tan largas que alcanzaban a alfombrar el fondo de la laguna con un suave y mullido lecho. A la orilla de esta gran extensión de agua, crecía un vergel. Toda la ribera estaba moteada de rojos, verdes, malvas y amarillos: árboles frondosos, delicadas flores, hierbas tan altas que engullían los más diversos objetos, perdiéndose irremediablemente en esta maraña salvaje.

A la orilla de esta gran extensión de agua crecía un vergel…
Ilustración cortesía de Pixabay.

¡Tanta belleza y esplendor crecía en este apartado rincón del bosque! Los jugosos y tiernos tallos prosperaban gracias al alimento que les proporcionaba Maitia: agua y más agua que hidrataba raíces, troncos y ramas, pétalos y hojas… En fin, que toda la vegetación circundante no paraba de pedir a la ondina:

—Maitia, danos agua… Maitia, danos más agua.

Y ella respondía solícitamente otorgándoles lo que pedían. La ondina iba perdiendo, una a una, sus escamas verdes, que guardaban el preciado tesoro; sin embargo, no dejaba de complacer a todos. Quería darlo todo.

—Maitia, danos agua… Maitia, danos más agua.

Tremendo vergel el que circundaba la laguna… 

Pero darlo todo sin descanso tuvo sus consecuencias: las aguas disminuyeron de nivel y la laguna comenzó a estar cada vez más seca. El pelo de Maitia, en otro tiempo verde y suave, comenzó a amarillear y se tornó áspero y quebradizo; los peces ya no se acercaban a jugar enredados en sus cabellos, porque raspaban de tan secos que se habían vuelto. La ondina se había vaciado por dentro de toda su savia y su piel escamosa se había arrugado… en cualquier momento podía quebrarse. Darlo todo la había enfermado, pero seguía alimentando los márgenes de la laguna.

piel arrugada
Su piel escamosa se había arrugado… Maitia estaba enferma, muy enferma…
Foto: Andrew Martin en Pixabay.

Una tarde en la que el sol declinaba y los pájaros rompían con sus cantos la hora más silenciosa, la ondina sintió que se ahogaba, no podía respirar y sus branquias boqueaban agonizantes. Se dio cuenta de que la laguna se había secado del todo, apenas quedaban unos charcos alrededor de los cuales yacían los peces muertos. Sin embargo, las plantas que orillaban lo que había sido la laguna no se habían dado cuenta de nada, pues el sol les deslumbraba, y seguían pidiendo su ración de agua.

—Maitia, danos agua… Maitia, tenemos sed.

darlo todo
—Maitia, danos agua. Maitia, tenemos sed…
Ilustración: Prawny en Pixabay.

¡Cuánto dolor sentía Maitia de no poder darse más! Quería aplacar la sed de su vergel, quería darlo todo, pero se dio cuenta de que su sed era mucho más grande, tenía una sed de siglos y no podía pensar en otra cosa.

—Queridos míos, siento muchísimo no poder alimentaros, pero es que ahora soy desierto, así que tengo que partir en busca de agua.

Árboles, flores y plantas entristecieron por la noticia y le desearon mucha suerte mientras por debajo de la tierra, enlazaban sus raíces para hacer más liviana la espera y sentir que estaban unidos.

Maitia se arrastró por el fondo de la laguna, olisqueando en busca de algún rastro de humedad. Su intuición la llevó hasta una cavidad, un hueco abierto en el lecho. Se deslizó en su interior y avanzó. El túnel era estrecho, pero rezumaba algo de humedad. Al cabo de una hora, se detuvo a descansar: lamió las paredes de la roca, aliviando así su sed. Ahora podía continuar más descansada. Después de mucho recorrido, el túnel desembocó en una enorme gruta en cuyo centro se hallaba la fuente del estanque: otra gran laguna. Maitia se abalanzó sobre ella sumergiéndose por entero: bebió, bebió, bebió y bebió y poco a poco se hidrató de nuevo, cobrando esponjosidad y elasticidad. El agua de su fuente subterránea la había traído de nuevo a la vida.

fuente subterránea
El agua de su fuente subterránea le había traído de nuevo a la vida.
Foto: Mystic Art Design en Pixabay.

Recobró la salud y se puso manos a la obra: apartó pedruscos que habían caído y habían estancado el agua en algunas zonas; buceando a gran velocidad y en círculo, puso en movimiento las aguas, llenándolas de vitalidad y oxigenándolas… Semanas se pasó saneando la gruta hasta que, llena de vigor, decidió acometer la empresa más difícil: un enorme pedrusco obstaculizaba el paso de salida del agua. Empujó con todas sus fuerzas, pero la piedra apenas se movía. Entonces, mientras empujaba, pues no había desistido, un aullido salió de sus entrañas y con él cien caballos salieron despavoridos hasta toparse con el pedrusco y unir sus fuerzas con la ondina de modo que la piedra fue cediendo hasta que lograron echarla a un lado. 

Como por arte de magia, el agua, impelida por una fuerza misteriosa corrió, contra todo pronóstico, en busca de la superficie. Y Maitia se dejó llevar por esa extraña corriente. Un chorro salió despedido con fuerza de la abertura en el lecho de la laguna exterior, y con él la ondina, que pudo ver cómo se llenaba el estanque igual que en sus mejores tiempos. El vergel, que había resistido la sequía, se puso muy contento y bailó enredado en el viento. Troncos y tallos se llenaron otra vez de savia fresca. Y la vegetación agradeció a Maitia el haberles traído de nuevo a la vida y le prometieron que a partir de ese día llamarían con frecuencia a la lluvia para que los alimentase a todos.

Maitia era feliz: cuidaba de su vergel, se alimentaba de la lluvia que atraían los árboles y también bajaba de vez en cuando a la fuente interior para librarla de pedruscos y oxigenar las aguas mientras jugaba a dejarse llevar por la corriente subterránea. Maitia cuidaba de todos, como le gustaba hacer; del vergel y de sus lagunas. Y de este modo sus aguas nunca volvieron a secarse.

vergel
Maitia cuidaba de todos, del vergel y de sus lagunas…
Ilustración: Monika Kos en Pixabay.

Cuidar de nosotras mismas pasa por reservar un espacio para hacer lo que nos gusta. Al respecto puedes ver la reseña del álbum ilustrado Pequeños mundos, que trata este tema.

Anota esto como una prioridad: Has de cuidarte.

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MHDK

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